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«Había un hombre de los fariseos que se llamaba Nicodemo, un principal entre los judíos. Este vino a Jesús de noche…»
— Juan 3:1-2
Hay encuentros con Jesucristo que transforman una vida en un instante.
Y hay otros que comienzan una batalla silenciosa que puede durar mucho tiempo.
Cuando pensamos en Nicodemo, normalmente recordamos el famoso diálogo sobre el nuevo nacimiento. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a contemplar el proceso que Dios estaba llevando a cabo en el corazón de aquel hombre.
Nicodemo no era un hombre cualquiera.
Era fariseo.
Era maestro de Israel.
Era miembro del Sanedrín.
Era respetado por la sociedad y reconocido por su conocimiento de las Escrituras.
Pero aquella noche descubrió una verdad que sacudió los cimientos de toda su vida religiosa.
No necesitaba más conocimiento.
Necesitaba una nueva vida.
Jesús le dijo:
«De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios.»
— Juan 3:3
Aquellas palabras no eran simplemente una enseñanza más.
Eran un llamado a comenzar de nuevo.
Nicodemo conocía la Ley.
Conocía los profetas.
Conocía las promesas.
Pero todavía no conocía plenamente al Mesías que tenía delante de él.
Jesús incluso le pregunta:
«¿Eres tú maestro de Israel, y no sabes esto?»
— Juan 3:10
Qué impresionante.
Se puede conocer mucho acerca de Dios…
…y aun así necesitar un encuentro verdadero con Jesucristo.
Eso sigue ocurriendo hoy.
Podemos conocer doctrina.
Podemos asistir a la iglesia.
Podemos citar versículos.
Pero solamente Cristo puede dar vida al corazón.

La Escritura no nos cuenta qué ocurrió en Nicodemo durante los meses siguientes.
No registra cada conversación.
No describe cada lucha.
No revela cada lágrima.
Y precisamente por eso debemos ser prudentes.
No sería correcto afirmar acontecimientos que Dios decidió no revelar.
Sin embargo, sí podemos observar algo evidente en el Evangelio de Juan.
Nicodemo aparece tres veces.
En Juan 3 viene de noche.
«Había un hombre de los fariseos que se llamaba Nicodemo, un principal entre los judíos. Este vino a Jesús de noche…» Juan 3:1-2
En Juan 7 comienza a defender la justicia frente a sus compañeros.
«Les dijo Nicodemo, el que vino a él de noche, el cual era uno de ellos:» Juan 7:50
Y en Juan 19 aparece junto a la cruz.
«También Nicodemo, el que antes había visitado a Jesús de noche, vino trayendo un compuesto de mirra y de áloes, como cien libras.» Juan 19:39
No es difícil percibir un crecimiento.
Algo estaba ocurriendo dentro de aquel hombre.
El encuentro con Cristo había iniciado un proceso que ya no podía detenerse.
Aunque la historia pertenece al primer siglo, la batalla continúa en nuestros días.
Muchos sienten el llamado de Cristo.
Su conciencia ha sido tocada.
Su corazón sabe que Jesús es el Señor.
Pero otra voz comienza a hablar.
«¿Qué dirá mi familia?»
«¿Qué pensarán mis amigos?»
«¿Perderé mi reputación?»
«¿Seré rechazado?»
No todos rechazan a Cristo por incredulidad.
Muchos luchan porque seguirle tiene un costo.
Jesús mismo enseñó:
«El que ama a padre o madre más que a mí, no es digno de mí.»
— Mateo 10:37
Y también dijo:
«Porque el que se avergonzare de mí y de mis palabras, de éste se avergonzará el Hijo del Hombre cuando venga en su gloria.»
— Lucas 9:26
Estas palabras siguen confrontando nuestros corazones.

La historia de Nicodemo también nos obliga a examinarnos.
No porque podamos afirmar que él permaneció escondido todo ese tiempo.
La Biblia no dice eso.
Pero sí nos invita a preguntarnos si nosotros mismos vivimos una fe escondida.
Hay quienes adoran al Señor con libertad dentro de la iglesia…
…pero durante la semana nadie sabe que pertenecen a Cristo.
En el trabajo guardan silencio.
Con los amigos esconden su fe.
En las conversaciones evitan mencionar el nombre del Señor por temor a ser rechazados.
Es como si existieran creyentes que viven como agentes secretos.
Pero el Evangelio nunca fue diseñado para permanecer oculto.
Jesús dijo:
«Vosotros sois la luz del mundo… No se enciende una luz y se pone debajo de un almud.»
— Mateo 5:14-15
La luz fue hecha para alumbrar.
Más adelante encontramos a Nicodemo nuevamente.
Cuando los principales sacerdotes desean condenar a Jesús, Nicodemo interviene.
No hace un gran discurso.
No proclama públicamente que es discípulo.
Pero ya no permanece completamente callado.
Pregunta:
«¿Juzga acaso nuestra ley a un hombre si primero no le oye, y sabe lo que ha hecho?»
— Juan 7:51
Parece un paso pequeño.
Pero muchas veces la transformación comienza precisamente así.
Con un paso.
Con una decisión.
Con una voz que finalmente se atreve a hablar.
Después ocurre algo extraordinario.
Jesús ha sido crucificado.
Los discípulos están llenos de temor.
Todo parece haber terminado.
Y entonces aparece Nicodemo.
No viene de noche.
No llega escondido.
No está buscando respuestas.
Ahora viene acompañado de José de Arimatea llevando una gran cantidad de mirra y áloes para preparar el cuerpo del Señor.
«También Nicodemo, el que antes había visitado a Jesús de noche, vino trayendo un compuesto de mirra y de áloes…»
— Juan 19:39
Juan hace algo muy interesante.
No necesita explicar quién es.
Simplemente escribe:
«…el que antes había visitado a Jesús de noche.»
Es como si quisiera que el lector recordara de dónde comenzó todo.
El hombre que buscó a Jesús bajo la protección de la oscuridad…
Ahora aparece identificado públicamente con el Crucificado.
Qué diferencia.
Qué transformación.
Qué obra tan maravillosa hace Cristo en un corazón rendido.
Muchas veces deseamos ver cambios instantáneos.
Queremos que una persona sea transformada inmediatamente, que todas sus dudas desaparezcan, que sus temores sean vencidos y que su compromiso con Cristo sea completo desde el primer encuentro.
Sin embargo, Dios también obra mediante procesos.
Pedro necesitó ser quebrantado y restaurado.
Tomás tuvo que ser confrontado en medio de sus dudas.
Juan pasó de ser llamado “hijo del trueno” a ser conocido como el apóstol del amor.
Y Nicodemo parece haber recorrido un camino que comenzó en la oscuridad de la noche y terminó públicamente junto a la cruz.
No conocemos cada paso de ese proceso. La Biblia no nos revela todas sus luchas, pensamientos o decisiones. Pero conocemos al Dios que transforma corazones.
“Estando persuadido de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo.”
— Filipenses 1:6
¡Qué palabras tan poderosas!
Pablo no dice que Dios quizás termine la obra.
No dice que tratará de terminarla.
Tampoco declara que la completará solamente si las circunstancias resultan favorables.
Pablo escribe con una seguridad extraordinaria:
“Estando persuadido de esto…”
No era una simple esperanza humana ni un deseo optimista. Era una convicción firme basada en el carácter, la fidelidad y el poder de Dios.
La seguridad de Pablo no descansaba en la capacidad de los creyentes de Filipos para sostenerse a sí mismos. Descansaba en Aquel que había comenzado la obra dentro de ellos.
Observemos el orden del versículo:
“El que comenzó…”
No dice: “La obra que vosotros comenzasteis”.
La salvación no nació primero en el corazón del hombre. Nació en el corazón de Dios. Fue Él quien nos buscó, nos llamó, abrió nuestros ojos y despertó en nosotros el deseo de acercarnos a Cristo.
Jesús declaró:
“No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros…”
— Juan 15:16
Además, el mismo Pablo escribió:
“Porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad.”
— Filipenses 2:13
El Dios que produce en nosotros el deseo de obedecer es también quien nos da las fuerzas para hacerlo.
Él comienza la obra.
Él sostiene la obra.
Y Él llevará esa obra hasta el cumplimiento de su propósito.
Esta promesa no significa que el creyente debe permanecer inmóvil, esperando pasivamente que Dios lo transforme mientras continúa viviendo de cualquier manera.
La seguridad de Filipenses 1:6 no es una excusa para la indiferencia espiritual. Es una fuente de confianza para caminar en obediencia.
Pablo también escribió:
“Ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor.”
— Filipenses 2:12
Ese versículo señala nuestra responsabilidad.
Debemos buscar al Señor, obedecer su Palabra, resistir el pecado, cultivar nuestra comunión con Cristo y responder con fe a la obra del Espíritu Santo.
Sin embargo, inmediatamente después Pablo explica por qué podemos hacerlo:
“Porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad.”
— Filipenses 2:13
Ahí encontramos el equilibrio.
Nosotros caminamos, pero Dios nos da las fuerzas.
Nosotros obedecemos, pero Él obra en nuestros corazones.
Nosotros perseveramos, pero es su gracia la que sostiene nuestra perseverancia.
Nuestra fe debe estar activa, pero nuestra fe no sostiene la fidelidad de Dios. Es Dios quien sostiene nuestra fe.
No debemos interpretar Filipenses 1:6 como si dijera: “No importa lo que hagas, Dios terminará su obra mientras tú continúas resistiéndole”. La verdadera obra de Dios en una persona produce arrepentimiento, hambre por la verdad, deseo de obedecer y una creciente conformidad con Cristo.
La gracia que salva también enseña a vivir.
“Porque la gracia de Dios se ha manifestado para salvación a todos los hombres, enseñándonos que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente.”
— Tito 2:11-12
Ahora pensemos nuevamente en Nicodemo.
¿Qué ocurrió entre su conversación con Jesús en Juan 3 y su aparición junto a la cruz en Juan 19?
La Escritura no nos lo explica.
No sabemos cuántas noches recordó las palabras del Maestro.
No sabemos cuántas veces luchó entre la verdad que había escuchado y la posición que ocupaba entre los principales de Israel.
No sabemos si volvió a escuchar a Jesús entre las multitudes ni cuántas oportunidades tuvo que decidir entre permanecer oculto o identificarse con Él.
No debemos convertir esas posibilidades en hechos bíblicos.
Pero sí podemos afirmar algo: entre la noche y la cruz, Dios estaba obrando.
Mientras Nicodemo luchaba, Dios trabajaba.
Mientras Nicodemo meditaba, Dios trabajaba.
Mientras Nicodemo comenzaba tímidamente a levantar su voz, Dios trabajaba.
Cuando en Juan 7 preguntó si la ley podía juzgar a un hombre sin escucharlo primero, quizás todavía no estaba haciendo una confesión pública completa, pero ya no permanecía totalmente callado.
“¿Juzga acaso nuestra ley a un hombre si primero no le oye, y sabe lo que ha hecho?”
— Juan 7:51
Luego, en Juan 19, lo encontramos llevando una gran cantidad de mirra y áloes para preparar el cuerpo de Jesús.
“También Nicodemo, el que antes había visitado a Jesús de noche, vino trayendo un compuesto de mirra y de áloes…”
— Juan 19:39
El hombre que primero se acercó protegido por la oscuridad ahora se identificaba con Cristo delante de todos.
Quizás Filipenses 1:6 nos permite comprender espiritualmente ese silencio entre Juan 3 y Juan 19:
Dios estaba perfeccionando la obra que había comenzado.
La palabra “perfeccionará” no significa que el creyente alcanzará una vida absolutamente libre de pecado antes de la venida de Cristo.
Significa llevar una obra hasta su cumplimiento, conducirla hacia la meta para la cual fue comenzada.
Dios no trabaja como alguien que comienza muchos proyectos y luego los abandona a mitad del camino.
Él no deja inconclusa la obra de sus manos.
El salmista declaró:
“Jehová cumplirá su propósito en mí; tu misericordia, oh Jehová, es para siempre; no desampares la obra de tus manos.”
— Salmo 138:8
Dios no solamente quiere llevarnos al cielo. Su propósito es formar en nosotros el carácter de su Hijo.
“Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo…”
— Romanos 8:29
Esa es la meta de la obra.
Que pensemos más como Cristo.
Que hablemos más como Cristo.
Que amemos más como Cristo.
Que obedezcamos como Cristo.
Que cada día disminuya en nosotros el dominio del viejo hombre y pueda verse con mayor claridad la vida del Hijo de Dios.
Por eso, algunas veces el proceso incluye corrección, espera, quebrantamiento y luchas que no comprendemos inmediatamente. Pero el Alfarero no ha soltado el barro.
Dios no abandona la obra que sus manos comenzaron. Él no salva a una persona para después desentenderse de ella. El mismo Cristo que confrontó a Nicodemo en aquella noche continuó obrando silenciosamente hasta conducirlo al lugar donde tendría que decidir si permanecer escondido o identificarse con el Crucificado.
Así también obra con cada uno de sus hijos.
Mientras nosotros vemos luchas, demoras y procesos, Dios sigue cincelando el corazón conforme a la imagen de su Hijo.
Nuestra esperanza no descansa en la fuerza de nuestra propia perseverancia, sino en la fidelidad del Dios que prometió completar la obra que comenzó.
Pero esa certeza no nos conduce a la pasividad.
Nos impulsa a levantarnos cuando caemos.
Nos mueve a continuar creyendo cuando no vemos resultados inmediatos.
Nos anima a obedecer cuando el camino resulta difícil.
Nos ayuda a comprender que Dios no desperdicia ninguna lágrima, ninguna lucha ni ningún paso de aquellos que le pertenecen.
Quizás hoy alguien se encuentra todavía en medio de su proceso.
Ha tenido un encuentro con Cristo, pero continúa luchando con temores, dudas, costumbres antiguas o con la opinión de los demás.
Filipenses 1:6 no le invita a acomodarse en esa condición. Le recuerda que debe seguir respondiendo con fe y obediencia al Dios que está obrando en su interior.
El Señor no ha terminado.
Mientras exista convicción, arrepentimiento, hambre por su Palabra y deseo de acercarse más a Jesucristo, hay evidencia de que Dios continúa trabajando.
No debemos conformarnos con permanecer en la noche cuando Cristo nos está llamando hacia la luz.
Nicodemo tuvo que caminar desde una conversación privada hasta una identificación pública con Jesús.
Y cada creyente también debe permitir que la obra interna de Dios se convierta en una vida visible de obediencia, fidelidad y testimonio.
Porque el Dios que comienza la buena obra es fiel para perfeccionarla hasta el día de Jesucristo.
La historia de Nicodemo no termina haciéndonos una pregunta acerca de él.
Nos hace una pregunta acerca de nosotros.
¿Dónde estamos hoy?
¿Seguimos escondiendo nuestra fe por temor a la opinión de los hombres?
¿Conocemos a Cristo solamente en privado?
¿O estamos dispuestos a identificarnos con Él, aun cuando tenga un costo?
Un día compareceremos delante del Señor.
No seremos evaluados por los aplausos del mundo.
Ni por nuestra reputación.
Ni por nuestra posición.
Sino por Aquel que conoce perfectamente el corazón.
«Porque es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo…»
— 2 Corintios 5:10
Y quizás la enseñanza más profunda que nos deja Nicodemo sea esta:
La verdadera victoria de Nicodemo no ocurrió cuando encontró a Jesús de noche. Ocurrió cuando dejó de esconderse para permanecer junto a la cruz.
Que esa también sea nuestra victoria.
No vivir una fe escondida.
Sino seguir fielmente a Cristo, hasta el final.
«Si alguno me sirve, sígame; y donde yo estuviere, allí también estará mi servidor.»
— Juan 12:26
«Bendito sea Jehová, el Dios de Israel, por los siglos de los siglos. Amén y Amén.»
— Salmo 41:13