De la zarza a la cima: Cuando el corazón entiende lo que la mente olvida

Lectura aproximada: 9 minutos

La vida cristiana no comienza en la cima de una montaña. Comienza con un encuentro. Un encuentro tan inesperado y transformador que cambia para siempre la dirección de nuestra vida, es un llamado de la zarza a la cima.

Así ocurrió con Moisés. Mientras cuidaba las ovejas en el desierto, Dios llamó su atención por medio de una zarza que ardía sin consumirse (Éxodo 3:1-5). Aquel fuego no era el destino final; era el inicio de un largo camino de obediencia.

Muchos años después, aquel mismo hombre volvería a ese monte. Pero esta vez no sería como un pastor fugitivo, sino como el siervo que había aprendido a caminar con Dios. Entonces subiría hasta la montaña para recibir la Ley y contemplar la gloria del Señor.

De manera similar, todo creyente comienza con una «zarza»: ese momento en que Jesucristo nos llama. Pero el llamado no termina allí. Desde ese día comienza una caminata cuesta arriba, una peregrinación espiritual en la que Dios forma nuestro carácter, fortalece nuestra fe y nos prepara para contemplar cada vez más la hermosura de Cristo.

Un creyente caminando cuesta arriba hacia la cima de una montaña iluminada por la gloria de Dios, mientras una zarza ardiente simboliza el llamado del Señor.


La zarza: donde todo comienza

Nadie busca verdaderamente a Dios hasta que Dios primero llama al corazón.

Moisés no salió aquella mañana buscando una experiencia sobrenatural. Solo estaba cumpliendo una tarea cotidiana. Sin embargo, el Señor irrumpió en su rutina para cambiar su historia.

Así ocurre también con nosotros.

Hay un momento en que Cristo llama nuestro nombre. Puede ser durante una predicación, leyendo la Biblia, en medio de una prueba, o incluso cuando todo parece estar perdido.

Ese encuentro inicial no representa la meta.

Representa el comienzo.

Muchos creyentes desean permanecer junto a la zarza, recordando únicamente el día de su conversión. Pero Dios nunca llamó a Moisés para quedarse contemplando el fuego. Lo llamó para caminar.

«Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen,» — Juan 10:27

«Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere; y yo le resucitaré en el día postrero.» — Juan 6:44

Lectura sugerida: Éxodo 3:1-12


El camino siempre es cuesta arriba

El caminar con Cristo nunca fue diseñado para ser cuesta abajo.
Siempre ha sido cuesta arriba.

Porque ir cuesta arriba implica:

  • Esfuerzo
  • Decisión
  • Renuncia
  • Perseverancia

Pero sobre todo… dirección correcta.

Una vez que respondemos al llamado, comienza el verdadero proceso.

El Señor no prometió un camino cómodo.

El prometió Su presencia.

Caminar con Cristo significa aprender a morir al orgullo, vencer el pecado, perdonar, perseverar cuando las fuerzas parecen agotarse y seguir creyendo cuando todavía no vemos el cumplimiento de Sus promesas.

Por eso Jesús dijo:

«Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame.»
(Lucas 9:23)

La subida puede ser lenta.

Habrá días de cansancio.

Habrá momentos donde parecerá que no avanzamos.

Pero cada paso dado en obediencia nos acerca más al Señor.

Jesús lo dijo claramente:

“Angosto es el camino… y pocos son los que lo hallan.”
(Mateo 7:14)

El camino angosto… sube.
El camino ancho… baja.


Cuando el corazón entiende lo que la mente olvida

Mientras meditaba en este tema, recordé algo que me ocurrió recientemente.

Pensaba en Moisés y, por un momento, confundí el orden de los acontecimientos entre la zarza ardiente y la subida al monte Sinaí.

Mi mente olvidó un detalle.

Pero mi corazón seguía comprendiendo el proceso.

Aquello me hizo reflexionar profundamente.

Muchas veces nos preocupamos por no recordar cada detalle, cada fecha o cada referencia bíblica. Sin embargo, el Señor está haciendo una obra mucho más profunda que simplemente llenar nuestra memoria.

Él está escribiendo Su verdad en nuestro corazón.

El conocimiento es importante. La Biblia nos exhorta a crecer en el conocimiento de Dios. Pero ese conocimiento alcanza su verdadero propósito únicamente cuando produce obediencia, humildad y una vida transformada por Cristo.

No basta con almacenar información.

La meta es que la verdad llegue al corazón.

Como escribió el profeta Jeremías:

«Pondré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón.»
(Jeremías 31:33)

La memoria puede fallar.

Pero un corazón rendido al Señor continúa caminando.


Todo conocimiento debe pasar por la Cruz

Dios nos ha concedido la capacidad de aprender. Podemos estudiar ciencias, historia, medicina, ingeniería, aviación, idiomas, música o teología. Todo conocimiento verdadero refleja, de una u otra manera, la sabiduría del Creador. Sin embargo, por valioso que sea, existe una realidad que nunca debemos olvidar: ningún conocimiento humano puede reconciliar al hombre con Dios.

Podemos conocer el funcionamiento del universo y, aun así, vivir lejos de Aquel que lo creó. Podemos dominar la historia de la Iglesia y nunca haber rendido nuestro corazón al Señor de la Iglesia. Incluso podemos memorizar grandes porciones de la Biblia y, sin embargo, perder de vista a Cristo, quien es el centro de todas las Escrituras.

El conocimiento puede desarrollar la mente, pero solo Jesucristo puede transformar el corazón.

Por eso Pablo, después de haber recibido una formación extraordinaria como fariseo, llegó a una conclusión que cambió por completo su manera de ver la vida:

«Y ciertamente, aún estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor…» (Filipenses 3:8).

Pablo no rechazó el conocimiento. Lo puso en su lugar correcto. Comprendió que todo lo que había aprendido encontraba su verdadero valor únicamente cuando lo acercaba más a Cristo.

Así también ocurre con nosotros. Cuando el conocimiento nos conduce a admirar más la grandeza de Dios, a obedecer Su Palabra y a amar más a Jesucristo, ha cumplido su propósito. Pero cuando alimenta nuestro orgullo o nos hace confiar más en nuestra capacidad que en la gracia de Dios, deja de ser un instrumento de crecimiento para convertirse en un obstáculo espiritual.

Llegará un día en que estaremos delante del trono de Cristo. En ese momento no seremos examinados por la cantidad de libros que leímos, ni por los idiomas bíblicos que dominábamos, ni por la cantidad de información que acumulamos. Todo eso tendrá un valor relativo frente a una sola pregunta:

¿Qué hicimos con Jesucristo?

Porque, al final, el conocimiento que permanece para la eternidad no es simplemente el que llena la mente, sino el que nos llevó a conocer, amar y seguir al Hijo de Dios.

Con el paso del tiempo comprendí algo que deseo conservar siempre en mi corazón:

Quiero llevar todo mi conocimiento a la Cruz de Cristo.

No estudiar para engrandecerme.

No aprender para impresionar.

Sino conocer más para amar más al Salvador.

Porque cualquier conocimiento que no conduzca a Cristo termina siendo insuficiente para la eternidad.


La cima no es una montaña… es Cristo

Después de años de caminar, Moisés volvió al monte.

Ya no era el hombre que huyó de Egipto.

Era un hombre moldeado por Dios.

Cada prueba.

Cada desierto.

Cada acto de obediencia.

Lo había preparado para aquel momento.

Así ocurre con nosotros.

Nuestra meta final nunca ha sido conquistar una montaña espiritual.

Nuestra meta siempre ha sido Cristo.

Cada paso cuesta arriba nos acerca un poco más a contemplar Su gloria.

Y llegará el día cuando la fe será sustituida por la vista.

Entonces veremos al Rey de reyes y Señor de señores.

«Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es.» 1 Juan 3:2

Ese será el verdadero descanso del peregrino.

No estás solo en ese camino

Así es. Hay un pueblo, un remanente, una generación que está subiendo.

  • Hombres cansados de lo superficial
  • Mujeres que anhelan lo eterno
  • Jóvenes que están despertando
  • Niños siendo sembrados en verdad

Todos caminando cuesta arriba…
Todos con los ojos puestos en la cima…
Todos siendo atraídos por Cristo.


Echar mano de la vida eterna

Cuando el apóstol Pablo escribió:

«Pelea la buena batalla de la fe, echa mano de la vida eterna…»
(1 Timoteo 6:12)

No estaba invitando a Timoteo simplemente a pensar en el cielo.

Le estaba llamando a vivir hoy como alguien que pertenece a la eternidad.

La expresión «echa mano» transmite la idea de aferrarse con todas las fuerzas. Es la imagen de alguien que extiende su brazo para sujetar algo que considera de un valor incalculable y no está dispuesto a soltarlo.

La vida eterna no es únicamente una promesa futura.

Es una realidad presente para todo aquel que ha nacido de nuevo en Cristo.

Por eso, echar mano de la vida eterna significa vivir cada día recordando quiénes somos, a quién pertenecemos y hacia dónde nos dirigimos.


Nuestra verdadera batalla

Muchas veces pensamos que nuestra lucha es:

contra las circunstancias…

contra las personas…

contra la economía…

contra la enfermedad…

Pero la Escritura dirige nuestra mirada hacia otro lugar.

«Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes.»
(Efesios 6:12)

Nuestro enemigo intentará distraernos.

Si logra que peleemos contra las personas, las circunstancias, contra la familia…si logra desenfocarnos.

Entonces habremos olvidado quién es realmente nuestro adversario.


La armadura no fue escrita para admirarla

Muchos creyentes conocen de memoria Efesios 6.

Pueden mencionar:

  • el cinturón de la verdad,
  • la coraza de justicia,
  • el escudo de la fe,
  • el yelmo de la salvación…

Pero conocer la armadura…

no es lo mismo que usarla.

Un soldado jamás estudia su armadura únicamente para aprobar un examen.

La usa porque sabe que de ella puede depender su vida.

Así también ocurre con nosotros.

La verdad debe sujetar nuestra manera de vivir.

La justicia de Cristo debe proteger nuestro corazón.

La fe debe apagar los dardos del enemigo.

La espada de la Palabra debe estar siempre lista.

Y la oración debe convertirse en el aliento constante del soldado de Cristo.

La armadura no fue dada para decorar sermones.

Fue dada para resistir en medio de la batalla.


Cada mañana comienza una batalla

Nadie despierta siendo neutral.

Cada día el corazón escogerá entre:

obedecer…o ceder.

Buscar a Dios…o distraerse.

Caminar en el Espíritu…o alimentar la carne.

Por eso Pablo no dice:

«Piensa en la vida eterna.»

El dice:

«Echa mano de ella.»

Hazla tu prioridad.

Hazla tu esperanza.

Hazla la razón por la cual decides vivir en santidad.

«Muchos cristianos admiran la armadura de Dios; pocos salen cada mañana vestidos con ella.»

Esa frase no busca producir culpa. Busca despertar al creyente.

Porque el propósito de Efesios 6 nunca fue que supiéramos describir la armadura.

Fue que, cuando llegara el día malo, permaneciéramos firmes.

Nosotros, los creyentes, que seguimos subiendo cuesta arriba, no lo hacemos porque la subida sea fácil. Lo hacemos porque cada día queremos ser revestidos de Cristo, pelear la buena batalla de la fe y echar mano de la vida eterna, sabiendo que la cima no es simplemente el final del camino… la cima es encontrarse cara a cara con Aquel por quien decidió pelear cada batalla.


Exhortación Final

Tal vez hoy sientes que tu caminar es difícil.

Tal vez el ascenso parece interminable.

Quizás incluso te preocupa olvidar cosas que antes recordabas con facilidad.

No pierdas el ánimo.

Dios no solo está enseñando a tu mente.

Está formando tu corazón.

Cada paso de obediencia, cada oración en secreto, cada lágrima derramada delante de Él y cada victoria obtenida por Su gracia forman parte de esa subida que un día culminará en Su presencia.

No te detengas.

Sigue caminando.

Porque la recompensa del creyente no es simplemente llegar a la cima.

La recompensa es descubrir que, desde el principio hasta el final del camino, Jesucristo siempre estuvo esperándonos con Sus brazos abiertos.


«Bendito sea Jehová, el Dios de Israel, por los siglos de los siglos. Amén y Amén.»
— Salmo 41:13


Pensamiento para meditar

«La memoria puede olvidar algunos detalles del camino, pero un corazón transformado jamás olvida a Aquel que lo llamó desde la zarza y lo sostuvo hasta la cima.»

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Jeremias 31:27-40 en BibleGateway.com