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Vivimos en una generación donde nunca ha sido tan fácil parecer cristiano.
Podemos escuchar predicaciones las veinticuatro horas del día. Publicar versículos en las redes sociales. Asistir fielmente a la iglesia. Servir en diferentes ministerios. Conocer doctrina. Defender la sana enseñanza e incluso memorizar grandes porciones de las Escrituras.
Y, sin embargo, existe una pregunta que cada creyente debería hacerse con honestidad:
¿Estoy creciendo en piedad o simplemente perfeccionando una rutina religiosa?
Cuando el apóstol Pablo escribió a Timoteo:
«Desecha las fábulas profanas y de viejas. Ejercítate para la piedad.»
(1 Timoteo 4:7)
no estaba invitándolo a practicar más ceremonias religiosas. Tampoco estaba hablando simplemente de sentir compasión por quienes sufren. Pablo utilizó una palabra que describe toda una manera de vivir delante de Dios: una vida marcada por la reverencia, la comunión, la obediencia y el deseo constante de agradar a Jesucristo.
Hoy muchos conocen el lenguaje del cristianismo, pero pocos comprenden el verdadero significado de la piedad bíblica. Y quizás esa sea una de las razones por las que existe tanta actividad religiosa, pero tan poca transformación espiritual.
La palabra utilizada por Pablo es el término griego:
εὐσέβεια (eusebeia)
Está formada por dos palabras:
εὖ (eu)
Que significa:
y
σέβομαι (sebomai)
Que significa:
Juntas describen a una persona cuya vida está completamente orientada a honrar a Dios.
No se trata simplemente de creer en Dios.
No se trata solamente de asistir a la iglesia.
Mucho menos de aparentar espiritualidad.
La eusebeia es una vida cuyo centro es Dios.
Podríamos definirla así:
La piedad es vivir cada día con una profunda reverencia hacia Dios, permitiendo que esa relación transforme nuestro carácter, nuestras decisiones y nuestra manera de vivir.
En nuestro idioma solemos relacionar la palabra «piedad» con sentir compasión por alguien.
Aunque esa idea aparece en otros pasajes bíblicos mediante palabras diferentes, esa no es la intención principal de Pablo en 1 Timoteo 4:7.
Aquí la piedad tiene que ver con una vida completamente rendida a Dios.
Es una devoción práctica.
Una reverencia que se refleja en la conducta diaria.
No es solamente sentir.
Es vivir.
Aquí encontramos una diferencia enorme.
La religión puede enseñarnos qué hacer.
La piedad transforma quiénes somos.
La religión puede producir hábitos.
La piedad produce semejanza a Cristo.
La religión puede llenar una agenda.
La piedad llena el corazón de Cristo.
Una persona religiosa puede:
Y aun así vivir lejos de una comunión íntima con Él.
Porque la piedad no comienza en las manos.
Comienza en el corazón.
Aquí Pablo utiliza otra palabra extraordinaria.
γύμναζε (gymnaze)
De donde proviene nuestra palabra:
gimnasio.
Pablo está diciendo literalmente:
Entrena tu vida para parecerte cada vez más a Cristo.
Así como un atleta desarrolla sus músculos mediante disciplina constante, el creyente desarrolla la piedad permaneciendo cada día en la presencia del Señor.
La piedad nunca aparece por accidente.
Se cultiva.
Permíteme ilustrarlo de una manera sencilla.
Todos podemos hablar español.
Sin embargo, basta escuchar unas pocas palabras para reconocer quién es puertorriqueño, mexicano, colombiano, argentino o español.
¿Por qué?
Porque el acento revela con quién hemos convivido durante toda la vida.
Lo mismo ocurre con el creyente.
Muchos pueden aprender el lenguaje del cristianismo.
Pueden decir:
«Dios te bendiga.»
«Gloria a Dios.»
«Aleluya.»
Pueden citar versículos y conocer la doctrina.
Pero existe algo que no puede fingirse por mucho tiempo.
El acento espiritual.
La verdadera piedad es el acento del creyente.
Es aquello que revela que una persona ha pasado tiempo con Jesucristo.
Se nota en su manera de hablar.
En sus reacciones.
En su paciencia.
En su humildad.
En la forma en que ama.
En cómo perdona.
En cómo enfrenta las pruebas.
En cómo trata a su familia.
En cómo responde cuando nadie lo está observando.
La religión enseña el idioma.
La piedad produce el acento.
Por eso, cuando Pedro y Juan comparecieron ante el concilio, las autoridades dijeron:
«…les reconocían que habían estado con Jesús.» (Hechos 4:13)
Ese era su «acento espiritual».
No era solamente lo que decían.
Era lo que eran.
No fue famoso por construir ciudades ni conquistar naciones.
La Escritura resume toda su vida con una frase extraordinaria:
«Caminó Enoc con Dios.» Genesis 5:24
Eso es piedad.
Cuando nadie podía verlo…
rehusó pecar.
Su mayor preocupación no era Potifar.
Ni Egipto.
Ni su reputación.
Fue Dios.
«¿Cómo haría yo este grande mal y pecaría contra Dios?» Genesis 39:9
La piedad siempre piensa primero en Dios.
Cuando la oración fue prohibida…
continuó orando.
No por rebeldía.
Sino porque su comunión con Dios era más importante que su propia seguridad.
Antes de reconstruir los muros…
lloró.
Ayunó.
Confesó.
Adoró.
Su prioridad nunca fueron las piedras.
Fue Dios.
La máxima expresión de la piedad.
Toda Su vida giró alrededor de hacer la voluntad del Padre.
«Mi comida es que haga la voluntad del que me envió…» Juan 4:34
La piedad encuentra su perfección en Cristo.
Pablo también advierte sobre ella.
«Tendrán apariencia de piedad, pero negarán la eficacia de ella.» (2 Timoteo 3:5)
Es posible parecer muy espiritual.
Y, sin embargo…
vivir lejos de Dios.
La apariencia puede engañar a las personas.
Pero jamás engañará al Señor.
No mediante reglas.
Sino permaneciendo en Cristo.
La piedad no consiste en hacer más cosas para Dios.
Consiste en caminar más cerca de Dios.
Mientras más permanecemos en Cristo…
más Su carácter comienza a aparecer en nosotros.
«Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón… y guíame en el camino eterno.»
Salmos 139:23-24
La piedad no puede permanecer escondida por mucho tiempo. Aunque nace en el corazón, termina manifestándose en la vida. La Biblia nos muestra varias ilustraciones que describen cómo una persona que ha permanecido en la presencia de Dios comienza a reflejar el carácter de Cristo.
Como vimos anteriormente, la verdadera piedad no se limita a una serie de prácticas religiosas, sino que transforma la vida desde adentro hacia afuera.
Todos podemos aprender el lenguaje del cristianismo. Podemos conocer la doctrina, memorizar versículos y participar en las actividades de la iglesia. Pero existe algo que no puede fingirse por mucho tiempo: el «acento» espiritual.
Así como el acento revela el país donde una persona ha vivido y con quién ha convivido, la piedad revela que alguien ha pasado tiempo con Jesucristo.
Por eso, cuando Pedro y Juan comparecieron ante el concilio, los líderes religiosos quedaron maravillados y:
«…les reconocían que habían estado con Jesús.» (Hechos 4:13)
No fue únicamente por la elocuencia de sus palabras, ni por el conocimiento que demostraban. Había algo en su manera de hablar, de responder y de vivir que evidenciaba una profunda comunión con Cristo.
La religión puede enseñarnos el lenguaje del cristianismo; la piedad hace que nuestra vida tenga el acento de Cristo.
El apóstol Pablo escribió:
«Porque para Dios somos grato olor de Cristo…» (2 Corintios 2:15)
El aroma es una evidencia silenciosa.
No necesita anunciarse.
Simplemente se percibe.
Quien trabaja durante años con madera suele llevar consigo el olor de la madera. El mecánico conserva el aroma del taller. Del mismo modo, quien permanece diariamente en la presencia de Cristo comienza a llevar consigo el «aroma» de Cristo.
Su paciencia.
Su humildad.
Su amor.
Su manera de perdonar.
Su manera de responder a la adversidad.
Todo comienza a reflejar el carácter del Señor.
La piedad hace que Cristo sea percibido antes de que abramos nuestra boca.
Después de permanecer cuarenta días en la presencia de Dios, Moisés descendió del monte.
Sin darse cuenta…
la piel de su rostro resplandecía, después que hubo hablado con Dios. (Éxodo 34:29)
No fue un esfuerzo humano.
Fue el resultado natural de haber estado delante del Señor.
De igual manera, el creyente que cultiva la piedad comienza a reflejar el carácter de Cristo. Quizás no con un brillo visible en su rostro, como ocurrió con Moisés, pero sí con una transformación evidente en su manera de vivir.
Cada día se parece un poco menos al viejo hombre.
Y un poco más a Jesucristo.
Estas tres ilustraciones describen una sola realidad.
La piedad deja evidencias que el mundo puede percibir.
Tiene el acento de Cristo.
Desprende el aroma de Cristo.
Refleja la luz de Cristo.
No porque el creyente intente aparentarlo.
Sino porque ha permanecido con Él.
Vivimos en una época donde el cristianismo corre el riesgo de convertirse en una rutina. Podemos llenar nuestros días de actividades espirituales y, aun así, descuidar aquello que Dios más desea: una relación viva y profunda con Él.
Quizás hoy no necesitamos añadir otra reunión, otro libro o una nueva actividad a nuestra agenda. Quizás lo que necesitamos es volver al lugar secreto, donde la voz de Cristo transforma silenciosamente nuestro corazón. Allí es donde nace la verdadera piedad.
Pregúntate con sinceridad:
¿Mi vida solamente habla el lenguaje del cristianismo… o también tiene el acento de Cristo?
Porque el mundo puede aprender nuestro vocabulario religioso, pero solo el Espíritu Santo puede formar en nosotros ese «acento» que revela que hemos estado con Jesús.
Que ese sea nuestro mayor anhelo: no parecernos a un cristiano por nuestras costumbres, sino reflejar a Cristo por la transformación que Él produce en nosotros.
Y entonces, las palabras del apóstol Pablo dejarán de ser una simple exhortación para convertirse en el propósito de nuestra vida:
«Ejercítate para la piedad.» (1 Timoteo 4:7)
Porque la religión puede enseñarnos a hablar de Dios, pero la piedad hace que nuestra vida hable de Cristo, aun cuando no pronunciemos una sola palabra.
Bendito sea Jehová, el Dios de Israel,
por los siglos de los siglos.
Amén y Amén.
— Salmos 41:13