
Muchas veces Él guía a Sus hijos poco a poco… como un padre que lleva de la mano a su hijo mientras le enseña el camino. Una palabra aquí. Una reflexión allá. Un versículo que vuelve a la mente. Una experiencia aparentemente sencilla que, sin darse cuenta, termina conectando con algo mucho más profundo espiritualmente.
Son pequeñas “pistas espirituales”… pequeñas enseñanzas de dirección divina que el Señor va dejando en el camino para despertar el corazón y llevarnos hacia una verdad mayor.
Y eso fue precisamente lo que ocurrió cuando un día comenzaron a surgir aquellas preguntas:
En ese momento, quizás parecían solo preguntas de reflexión. Sin embargo, más adelante, el Espíritu Santo comenzó a conectar esas preguntas con una poderosa visión bíblica encontrada en Ezequiel 47.
Porque en el fondo, todas apuntan hacia una misma verdad:
En Ezequiel 47:3–5, el profeta recibe una visión extraordinaria. Un hombre con una caña de medir comienza a guiarlo hacia unas aguas que brotan del templo de Dios.
Primero, las aguas llegan a los tobillos.
Luego a las rodillas.
Después a los lomos.
Y, finalmente, se convierten en un río imposible de cruzar a pie.
“Me midió otros mil, y era ya un río que yo no podía pasar, porque las aguas habían crecido de manera que el río no se podía pasar sino a nado.” — Ezequiel 47:5
Esta visión no se trata simplemente de agua literal.
Representa el crecimiento espiritual, la intimidad con Dios y el nivel de rendición que el creyente está dispuesto a tener ante el Señor.
Muchos quieren conocer de Dios…
Pero pocos desean adentrarse profundamente en Él.
Las aguas a los tobillos representan una relación mínima con Dios.
Es la persona que conoce algunos versículos, escucha mensajes cristianos, asiste ocasionalmente a la iglesia y habla de Dios cuando le conviene… pero cuya vida sigue siendo dirigida principalmente por sus propios deseos.
Todavía tiene control absoluto sobre su vida.
Todavía puede entrar y salir del río cuando quiera.
Todavía no depende completamente del Señor.
Es una fe superficial.
Y tristemente, gran parte del cristianismo moderno se ha conformado con permanecer ahí.
Luego las aguas suben hasta las rodillas.
Las rodillas representan la oración, la dependencia y la humildad.
Aquí, la persona comienza a buscar al Señor con mayor seriedad. Ya no solo escucha acerca de Dios; ahora comienza a orar, a buscar dirección espiritual y a reconocer que necesita al Señor para sostenerse.
Sin embargo, todavía conserva un gran control sobre su vida.
Todavía puede regresar fácilmente a la comodidad espiritual.
Mientras meditaba en Ezequiel 47, me vino a la mente una experiencia personal que viví con frecuencia cuando era niño.
Recuerdo que, cuando iba a la playa, como no sabía nadar, siempre quería permanecer donde pudiera tocar fondo con los pies. Mientras el agua me llegara a la cintura, me sentía seguro. Sentía que aún tenía el control de la situación.
Pero en ocasiones, poco a poco, me atrevía a profundizar más. El agua comenzaba a subir hasta casi llegarme al cuello… y de repente, una ola o una corriente me jalaba hacia lo profundo.
Ese momento me llenaba de miedo.
Rápidamente intentaba regresar al lugar donde podía volver a tocar fondo, donde me sentía seguro otra vez.
Y mientras meditaba en eso, entendí algo espiritualmente poderoso:
Muchas veces hacemos exactamente lo mismo con Dios.
El Espíritu Santo comienza a llamarnos a una relación más profunda. Nos invita a confiar más. A depender más. A rendir en más áreas de nuestra vida.
Pero cuando llegan las pruebas…
Cuando vienen las dificultades…
Cuando sentimos que estamos perdiendo el control de la situación…nos asustamos.
Porque las aguas profundas requieren una dependencia total de Dios.
Y ahí es donde muchos retroceden espiritualmente.
Volvemos a las aguas cómodas.
A la zona en la que todavía sentimos que tenemos control.
A una fe básica y superficial que no exige demasiada entrega.

Entonces llega el momento más poderoso de la visión.
El río se vuelve tan profundo que ya no se puede cruzar a pie.
Ahora hay que nadar.
Ahora el río tiene el control.
Y ahí está una de las enseñanzas espirituales más profundas de Ezequiel 47.
Mientras el agua estaba baja, Ezequiel todavía podía sostenerse sobre sus propios pies.
Pero en el río profundo… ya no.
Ahora debía depender por completo de aquello que lo rodeaba.
Eso mismo ocurre espiritualmente.
Muchos quieren un Dios que los acompañe…
pero no un Dios que los gobierne.
Quieren bendición…
pero no rendición.
Quieren salvación…
pero no transformación.
Sin embargo, Dios no nos llamó simplemente a “mojarnos” espiritualmente. Él nos llamó a sumergirnos por completo en Su voluntad.
El apóstol Pablo habló precisamente sobre esta realidad espiritual.
“Y yo, hermanos, no pude hablaros como a espirituales, sino como a carnales, como a niños en Cristo. Os di a beber leche, y no vianda; porque aún no erais capaces…” — 1 Corintios 3:1-2
Y también:
“Porque debiendo ser ya maestros… tenéis necesidad de leche, y no de alimento sólido.” — Hebreos 5:12
Todos comenzamos tomando leche espiritual.
Eso no es el problema.
El problema es quedarse permanentemente en la orilla.
El problema es resistirse al crecimiento espiritual porque las aguas profundas producen temor.
Muchos creyentes desean las promesas de Dios…
pero no quieren pasar por el proceso de madurez.
Desean paz…
pero sin dependencia.
Desean poder espiritual…
pero sin rendición.
Desean profundidad…
pero sin perder el control.
Sin embargo, la verdadera madurez espiritual comienza exactamente donde termina nuestra autosuficiencia humana.
Vivimos en tiempos donde abundan:
Muchos conocen el lenguaje cristiano…
pero no conocen intimidad con Dios.
Publican versículos…
pero no viven los versículos.
Hablan de Jesús…
pero no reflejan a Jesús.
Y Jesús mismo advirtió sobre esto:
“Este pueblo de labios me honra; mas su corazón está lejos de mí.” — Mateo 15:8
La verdadera relación con Cristo produce fruto visible.
“Por sus frutos los conoceréis.” — Mateo 7:16
No perfección humana…
pero sí transformación genuina.
El salmista escribió:
“Un abismo llama a otro…” — Salmo 42:7
Dios sigue llamando a lo profundo del hombre.
No está buscando solamente asistentes de iglesia.
Está buscando corazones rendidos.
No está buscando creyentes cómodos en aguas bajas.
Está llamando a personas que estén dispuestas a entrar al río aunque ya no puedan tocar fondo.
Porque la madurez espiritual comienza cuando dejamos de depender de nosotros mismos y comenzamos a depender completamente del Señor.
Pedro conoció esa experiencia.
Mientras permanecía en la barca, aún tenía seguridad humana. Pero en el momento en que puso los pies sobre las aguas, tuvo que depender completamente de Jesús.
La fe profunda siempre requiere confianza profunda.
Por eso muchos nunca avanzan espiritualmente:
porque las aguas profundas producen temor.
Pero también producen crecimiento.
En Apocalipsis 3, Jesús reprendió a Laodicea porque tenían una fe tibia.
No eran completamente fríos…
Pero tampoco completamente entregados.
Eran superficiales espiritualmente.
Y esa condición todavía existe hoy.
Muchos quieren suficiente de Dios para sentirse seguros…
Pero no es suficiente para ser transformados.
Jesús declaró algo poderoso:
“El que cree en mí… de su interior correrán ríos de agua viva.” — Juan 7:38
El río de Ezequiel apuntaba a esto.
Hacia una vida llena del Espíritu Santo.
Hacia una relación viva con Dios.
Hacia una transformación que fluye desde adentro hacia afuera.
Porque cuando alguien realmente entra en las aguas profundas de Dios… algo cambia.
Ya no vive igual.
Ya no piensa igual.
Ya no habla igual.
Ya no ama igual.
Ahora el río fluye dentro de él.
Dios sigue dejando “pistas espirituales»
Quizás esa sea la razón por la que Dios comenzó a poner estas preguntas en el corazón poco a poco.
No eran preguntas aisladas.
Eran pequeñas pistas espirituales que conducían a una verdad mayor.
Dios sigue hablando.
Sigue guiando.
Sigue llamando a personas a caminar más profundo.
Más profundo en fe.
Más profundo en obediencia.
Más profundo en verdad.
Más profundo en santidad.
Más profundo en la intimidad con Él.
La verdadera pregunta no es si el río existe.
La pregunta es:
Mientras escribía este artículo, me di cuenta de algo importante.
Aunque estas palabras puedan ayudar a otros, siento que primero fueron para mí.
Al mirar mi propia vida, puedo ver muchas ocasiones en las que el Señor me ha invitado a entrar más profundo en Su presencia. También puedo recordar momentos en los que, al igual que cuando era niño en la playa, sentí temor cuando las aguas comenzaron a quitarme el control.
Porque las aguas profundas siempre nos confrontan con una realidad: depender completamente de Dios.
Y si soy honesto, todavía estoy aprendiendo esa lección.
Todavía estoy aprendiendo a confiar más.
Todavía estoy aprendiendo a soltar aquello que quiero controlar.
Todavía estoy aprendiendo a caminar por fe cuando no puedo tocar fondo con mis propias fuerzas.
Quizás por eso este pasaje de Filipenses habla tan profundamente a mi corazón:
“No que lo haya alcanzado ya, ni que ya sea perfecto; sino que prosigo, por ver si logro asir aquello para lo cual fui también asido por Cristo Jesús. Hermanos, yo mismo no pretendo haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús.” — Filipenses 3:12-14
Pablo no habla como un hombre derrotado.
Tampoco habla como un hombre que ya llegó.
Habla como un hombre que sigue avanzando.
«No que lo haya alcanzado ya…»
Qué palabras tan liberadoras.
Porque significan que podemos reconocer que todavía estamos creciendo sin sentirnos fracasados.
Podemos admitir que todavía hay áreas donde nos cuesta confiar.
Podemos reconocer que todavía hay aguas que nos producen temor.
Y aun así seguir avanzando.
No escribo estas líneas como alguien que ya llegó a las aguas más profundas.
Las escribo como alguien que sigue avanzando río adentro.
Como alguien que sigue escuchando el llamado de Dios.
Como alguien que sigue viendo las pistas espirituales que el Señor va dejando en el camino.
Y mientras tenga aliento, mi deseo es seguir respondiendo a ese llamado, avanzando un paso más, una medida más, un poco más profundo en Cristo.
Porque la meta no es simplemente conocer más acerca de Dios.
La meta es conocerlo más a Él.
Bendito sea Jehová, el Dios de Israel,
por los siglos de los siglos.
Amén y Amén.
— Salmos 41:13