«Pero vosotros no queráis que os llamen Rabí; porque uno es vuestro Maestro, el Cristo, y todos vosotros sois hermanos.» Mateo 23:8
UN FENÓMENO QUE VA EN AUMENTO
Vivimos un tiempo en el que, en gran parte del mundo cristiano, se produce un fenómeno preocupante: el incremento de títulos espirituales que, según la Biblia, no ordenan, no modelan ni priorizan el verdadero carácter de una persona llamada por Dios para su servicio. Es una tendencia visible en iglesias, redes sociales, conferencias, plataformas digitales y movimientos emergentes.
Hoy día encontramos líderes que prefieren presentarse como:
Apóstoles
Profetas
Salmistas
Doctores
Embajadores
Y al mismo tiempo, se observa una disminución notable del uso —y del aprecio— por títulos que sí son consistentes con la Escritura:
Siervo y servidor de Cristo
Pastor y Líder Espiritual
Evangelista o Predicador
Maestro de la Palabra
Hermano en Cristo
Este cambio no es accidental. Es el fruto de un espíritu de autoexaltación, mezclado con la cultura moderna de branding personal, la necesidad de reconocimiento, la competencia ministerial y la búsqueda de autoridad sin quebranto. No es que el estudio sea malo, ni que la excelencia sea contraria a Dios; al contrario, la Biblia promueve la diligencia, la preparación y la sabiduría.
El problema, como siempre, es el corazón detrás del título, y el uso que muchos le están dando:
Hoy vemos iglesias donde el título se ha convertido en una especie de “rango espiritual”, un escalón para sentirse superiores, una marca personal que impresiona más que la fidelidad al evangelio. En lugar de presentarse como “siervos de Jesucristo”, muchos han optado por títulos que —aunque suenen espirituales— no constituyen un modelo de liderazgo para la iglesia en ninguna parte del Nuevo Testamento.
Este fenómeno ha provocado confusión, división, abuso espiritual, distorsión doctrinal y el desplazamiento de la sencillez del liderazgo bíblico. Por eso mismo, la Biblia nos advierte de forma clara y directa sobre esta tendencia:
líderes que buscan ser vistos
que aman los primeros puestos
que desean títulos honoríficos
que se autoproclaman sin llamado
que se promocionan a sí mismos ante el pueblo
Es una problemática espiritual que no comenzó en este siglo: Jesús ya lo confrontó abiertamente (Mateo 23:8-10), Pablo lo denunció en sus cartas (2 Corintios 11:12-13; Gálatas 1:1), y Pedro advirtió sobre líderes que harían mercadería del pueblo (2 Pedro 2:1–3).
Uno de los pasajes más confrontativos de Jesús no fue dirigido al pecador común, sino a los líderes religiosos que amaban el reconocimiento más que la obediencia. En Mateo 23:5–12, el Señor expone la motivación oculta del corazón humano cuando el ministerio se convierte en plataforma de orgullo.
“Hacen todas sus obras para ser vistos por los hombres…”
— Mateo 23:5
El problema no era la obra —eran las motivaciones.
Predicaban, enseñaban, ayudaban… pero el objetivo no era glorificar a Dios, sino ser vistos, admirados y respetados.
Jesús revela aquí el peligro eterno de convertir el ministerio en espectáculo y el liderazgo en exhibición.
“Aman… los primeros asientos…
y que los hombres los llamen: Rabí.”
— Mateo 23:6–7
En tiempos de Jesús, ser llamado “Rabí” equivalía a un título prestigioso y socialmente superior, como hoy se usa “Doctor”, “Apóstol”, “Profeta”, o cualquier otro que indique rango espiritual elevado.
No buscaban servir, sino elevarse.
No buscaban edificar, sino impresionar.
No buscaban la gloria de Dios, sino la propia.
Jesús deja claro que cuando el corazón se mueve por aplausos, el ministerio deja de ser para Dios.
“Pero ustedes no sean llamados Rabí…”
— Mateo 23:8
No es una sugerencia.
No es una opinión cultural.
Es un mandato directo de Cristo.
Jesús no prohibió enseñar.
Lo que sí hizo fue prohibir trabajar con títulos que posicionan al hombre por encima de los demás.
Aquí Jesús establece un principio universal:
En el Reino, nadie es más grande que nadie.
Solo Cristo es Maestro supremo.
Todos somos hermanos.
Nadie puede tomar para sí la gloria espiritual.
“El que se enaltece será humillado
y el que se humilla será enaltecido.”
— Mateo 23:12
Con esta frase Jesús destruye:
las jerarquías religiosas
el liderazgo de rango
los títulos ostentosos
la cultura de celebridades espirituales
todo esfuerzo humano por elevarse sobre otros
Jesús restaura el diseño original:
La grandeza en el Reino no se mide por títulos, sino por servicio.
No por cuán alto te llamen, sino cuán bajo estás dispuesto a inclinarte.
El pasaje no solo corregía a los fariseos… También nos corrige a nosotros hoy.
Jesús sabía que el corazón humano:
ama el reconocimiento
quiere sentirse superior
busca validación externa
desea autoridad sin quebranto
intenta tomar para sí lo que solo le pertenece a Dios
Por eso Jesús corta de raíz cualquier estructura que coloque a un líder en un pedestal espiritual.
Jesús invierte completamente la lógica humana:
Los hombres quieren:
títulos
honores
insignias
tronos
aplausos
Pero Jesús dijo:
“Entre ustedes no será así.”
— Mateo 20:26
En otras palabras:
No hay apóstoles de élite.
No hay profetas superiores.
No hay doctores espiritualmente intocables.
No hay “generales” ni “coberturas apostólicas” como jerarquía.
No hay rangos que coloquen a uno por encima de otro.
Al observar con atención el panorama actual del liderazgo cristiano, queda claro que el problema no es el ministerio en sí, ni los dones que Dios ha dado a Su iglesia. El verdadero conflicto surge cuando el corazón humano comienza a buscar reconocimiento, autoridad y estatus, en lugar de obediencia, humildad y servicio.
Jesús fue claro, directo y contundente: el Reino de Dios no opera bajo los mismos principios que el sistema del mundo. Mientras la cultura moderna promueve la autoexaltación, la construcción de imagen y el posicionamiento personal, Cristo llama a Sus seguidores a un camino completamente distinto: el camino del siervo.
Los títulos espirituales, cuando se convierten en una herramienta para elevar al hombre, terminan desplazando la esencia del evangelio. En lugar de reflejar a Cristo, comienzan a reflejar ambición. En lugar de edificar al cuerpo, crean jerarquías. En lugar de apuntar al Señor, dirigen la mirada hacia el individuo.
Por eso Jesús advirtió con tanta fuerza contra la búsqueda de títulos honoríficos. No porque enseñar, liderar o servir sea incorrecto, sino porque el orgullo espiritual es una de las amenazas más peligrosas para la salud de la iglesia. Un liderazgo sin quebranto puede tener influencia, pero carece de autoridad espiritual genuina.
La Escritura nos recuerda que la verdadera grandeza no se mide por cómo nos llaman los hombres, sino por cómo caminamos delante de Dios. El liderazgo bíblico no se afirma por rangos, sino por carácter. No se sostiene por títulos, sino por fruto. No se impone por posición, sino que se reconoce por una vida rendida a Cristo.
Hoy más que nunca, la iglesia necesita volver a la sencillez del modelo establecido por Jesús: hombres y mujeres que, antes de buscar ser llamados algo, estén dispuestos a ser siervos; líderes que prefieran el anonimato con fidelidad antes que el reconocimiento sin obediencia; creyentes que entiendan que el único nombre que debe ser exaltado en la iglesia es el nombre de Cristo.
Porque al final, cuando todo título humano pierde valor, solo permanece una pregunta eterna:
¿Reflejamos a Cristo o nos promovimos a nosotros mismos?
El llamado sigue siendo el mismo:
humildad, servicio y rendición total al Señor.
Ahí —y solo ahí— se encuentra la verdadera autoridad espiritual.
Para estudiar más sobre este tema: Mateo 23:8–10 (Bible Gateway)